«No tengo sueño», dijo Leo lleno de energía, con ganas de juego de noche y de día.
Su cuarto brillaba, no quería parar, aún quedaban juegos por imaginar. Abrazó su mango, suave y calentito: «¡Quiero seguir jugando un ratito!».
Al abrazarlo, el peluche empezó a brillar, y un portal mágico lo hizo saltar. El mango de Leo sabía escuchar sus ganas de juego y de no descansar.
«Buscaré un animal», dijo Leo con emoción, «uno que no duerma en toda la noche. ¡Seguro que lo encuentro, qué ilusión!».
«¡Un mono!», dijo Leo al pasar. «Los monos no duermen, saltan sin parar».
El mono saltó alto, luego más despacio, bostezó un poquito... ya estaba cansado. «Salto cuando es de día, corro sin pensar, pero llega la noche y me gusta descansar».
Leo sonrió y volvió a hablar: «Entonces... ¡seguiré buscando en otro lugar!».
La hierba brillaba con la luz del atardecer. «¡Leones!», dijo Leo con placer.
El león pequeño se estiró al suspirar y se tumbó despacio, listo para soñar. «Me hago fuerte al dormir relajadito, junto a mi familia, seguro y calentito».
La nieve caía, suave y ligera. Un oso polar dormía en un rincón, envuelto en silencio, calma y protección.
«¿Tú también?», susurró Leo muy bajito. El oso respiró hondo, tranquilo y quietito: «Cuando cierro los ojos me siento mejor; este es el momento de dormir sin temor».
Leo abrazó su mango, cerquita y bien; sus ojos aflojaron, y su cabeza, también.
«Quizá jugar más pueda esperar», dijo al fin, mientras sueños tranquilos empezaban a venir. «Incluso los animales se van a dormir. Eso les ayuda a crecer y a sentir».
El sueño llegó y Leo los ojitos cerró. ¡Buenas noches!
«No tengo sueño», dijo Leo llena de energía, con ganas de juego de noche y de día.
Su cuarto brillaba, no quería parar, aún quedaban juegos por imaginar. Abrazó su mango, suave y calentito: «¡Quiero seguir jugando un ratito!».
Al abrazarlo, el peluche empezó a brillar, y un portal mágico lo hizo saltar. El mango de Leo sabía escuchar sus ganas de juego y de no descansar.
«Buscaré un animal», dijo Leo con emoción, «uno que no duerma en toda la noche. ¡Seguro que lo encuentro, qué ilusión!».
«¡Un mono!», dijo Leo al pasar. «Los monos no duermen, saltan sin parar».
El mono saltó alto, luego más despacio, bostezó un poquito... ya estaba cansado. «Salto cuando es de día, corro sin pensar, pero llega la noche y me gusta descansar».
Leo sonrió y volvió a hablar: «Entonces... ¡seguiré buscando en otro lugar!».
La hierba brillaba con la luz del atardecer. «¡Leones!», dijo Leo con placer.
El león pequeño se estiró al suspirar y se tumbó despacio, listo para soñar. «Me hago fuerte al dormir relajadito, junto a mi familia, seguro y calentito».
La nieve caía, suave y ligera. Un oso polar dormía en un rincón, envuelto en silencio, calma y protección.
«¿Tú también?», susurró Leo muy bajito. El oso respiró hondo, tranquilo y quietito: «Cuando cierro los ojos me siento mejor; este es el momento de dormir sin temor».
Leo abrazó su mango, cerquita y bien; sus ojos aflojaron, y su cabeza, también.
«Quizá jugar más pueda esperar», dijo al fin, mientras sueños tranquilos empezaban a venir. «Incluso los animales se van a dormir. Eso les ayuda a crecer y a sentir».
El sueño llegó y Leo los ojitos cerró. ¡Buenas noches!