Desde el momento en que te tuvimos por primera vez entre nuestros brazos, Martín, algo cambió en nuestro interior.
Eras una cosita tan pequeña y suave... y cuando tu manita se cerró alrededor de nuestro dedo, todo lo demás dejó de importar.
Nos acercamos y susurramos: «Hola, Martín. Somos tus padres. Desde hoy, te amaremos cada día».
Tus primeras sonrisas se convirtieron en la luz de nuestros días. Te mirábamos con atención, esperando verte sonreír de nuevo. Y cuando lo hacías, era como una pequeña chispa que nos calentaba el corazón.
Cuando llegue el momento, te subirás a tu pequeña bici. Te impulsarás con los pies, te tambalearás un poco, pararás... y lo intentarás de nuevo con una sonrisa radiante.
Con cada intento serás más valiente. Con cada pedaleada aprenderás que no rendirse tiene su recompensa.
En las horas tranquilas, antes de dormir, construiremos juntos una cabañita con mantas y cojines, y convertiremos la habitación en un lugar mágico.
Dentro de ese rincón secreto leeremos, jugaremos, reiremos y, sobre todo, disfrutaremos de estar juntos.
Cuando el día llegue a su fin, te acurrucarás en la cama, entre tus mantas. Te leeremos tu cuento favorito hasta que tus ojos pesen y el sueño vaya encontrándote.
Te daremos un beso de buenas noches y susurraremos dulces sueños, con todo nuestro amor.
Pronto, Martín, serás más valiente, más fuerte y más independiente de lo que eres ahora. Seguirás tus propios sueños y crearás historias que te pertenecerán a ti.
Pero pasen los años que pasen, crezcas lo que crezcas, hay algo que nunca cambiará: nosotros estaremos aquí, animándote y llevándote en nuestros corazones, porque siempre serás nuestro tesoro.