En un bosque cubierto de nieve vivían una ardilla, un conejo, un zorro, un erizo y una familia de ratoncitos. Cada año, cuando llegaba diciembre, se reunían para celebrar la Navidad bajo el gran abeto del claro.
Era el árbol más bonito del bosque. Sus ramas eran enormes y, cuando la nieve se posaba sobre ellas, parecía un gigantesco pastel de azúcar.
Pero aquel año nadie se ponía de acuerdo.
«¡Yo quiero decorar el árbol con bellotas!», dijo la ardilla.
«¡Pues yo quiero llenarlo de zanahorias!», protestó el conejo.
«Las zanahorias no son adornos. Necesitamos cintas rojas y doradas», respondió el zorro.
«Siempre queréis hacer las cosas a vuestra manera. Yo prefiero que el árbol se quede como está», resopló el erizo.
Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo. La ardilla saltaba de una rama a otra, el conejo golpeaba el suelo con las patas y el zorro movía la cola de un lado a otro. Los ratoncitos, que eran muy pequeños, se escondieron detrás de una piedra.
Al final, cada animal se marchó por su lado. La ardilla decoró su madriguera con bellotas, el conejo preparó una montaña de zanahorias, el zorro recogió cintas de colores y el erizo se metió en su refugio. Aquel año, parecía que no habría celebración.