Por fin llegó la víspera de Navidad. En el Polo Norte, los elfos cargaban los últimos regalos, los renos calentaban sus pezuñas y Papá Noel comprobaba su enorme lista.
«¡Todo preparado!», anunció Papá Noel.
Los renos se colocaron en fila, el trineo se elevó y Papá Noel agitó las riendas. Era el momento de Luma. Respiró profundamente y trató de brillar con todas sus fuerzas.
Pero ocurrió algo inesperado. Un destello demasiado intenso salió de su cuerpo y, de repente, toda su luz desapareció. Luma se había quedado completamente apagada.
«¡Oh, no!», exclamó. «¡No puedo iluminar el camino de Papá Noel!»
Abajo, el trineo avanzaba entre las nubes. Sin la luz de Luma, todo parecía mucho más oscuro. Papá Noel consultó su mapa, desconcertado. Rodolfo levantó la cabeza, pero la niebla era tan espesa que ni siquiera su nariz roja conseguía atravesarla.
«He estropeado la Navidad», susurró Luma.