«Ahora viene lo mejor», dijo Pía. «Túmbate y pon las manos en la barriga».
Hugo se tumbó. Pía se tumbó a su lado, con las patas sobre su barriga de lana.
«Coge aire por la nariz, despacio, mientras cuento: uno, dos, tres, cuatro. ¿Notas cómo se hincha el globo?».
La barriga de Hugo subió, redonda, como un globo.
«Y ahora suelta el aire por la boca, despacito, como si soplaras una vela sin apagarla».
La barriga bajó.
Lo hicieron tres veces. A la tercera, los brazos de Hugo pesaban como sacos de arena, y la lana de Pía se había vuelto el doble de esponjosa.
«Ahora viene lo mejor», dijo Pía. «Túmbate y pon las manos en la barriga».
Hugo se tumbó. Pía se tumbó a su lado, con las patas sobre su barriga de lana.
«Coge aire por la nariz, despacio, mientras cuento: uno, dos, tres, cuatro. ¿Notas cómo se hincha el globo?».
La barriga de Hugo subió, redonda, como un globo.
«Y ahora suelta el aire por la boca, despacito, como si soplaras una vela sin apagarla».
La barriga bajó.
Lo hicieron tres veces. A la tercera, los brazos de Hugo pesaban como sacos de arena, y la lana de Pía se había vuelto el doble de esponjosa.