Era un día cualquiera. La calle se veía igual que siempre. Mía volvía a casa caminando, pensando en... nada en particular.
Entonces el viento cambió de repente, y un trozo de papel que volaba con el aire aterrizó en su pierna. Decía: SE BUSCAN EXPLORADORES. Para viajar más allá de la Tierra. No se necesita experiencia. Curiosidad imprescindible.
El mapa del papel la llevó hasta una puerta diferente de todas las demás. Llamó dos veces, y la puerta se abrió.
Al otro lado había un panda explorador, de pelaje suave y ojos brillantes, con una mochila llena de herramientas y snacks de bambú.
«Hola», dijo con una sonrisa. «Soy Ying, el explorador. Hoy viajaremos a planetas inexplorados. Cada uno lleva el nombre de un sentimiento. Todos los sentimientos importan, y hoy descubriremos por qué».
«Tú serás la piloto», le dijo a Mía. La nave se encendió, las luces parpadearon y las estrellas se estiraron en el cielo.
El primer planeta estaba cubierto de niebla. Los sonidos hacían eco y las sombras se movían.
«Este es el Planeta Miedo», explicó Ying. «El miedo aparece cuando algo es nuevo. No es una señal para rendirse, sino una señal que nos dice: presta atención y avanza con cuidado».
Después llegaron a un planeta donde el tiempo avanzaba lentamente. «Este es el Planeta Calma», dijo Ying. «Cuando los sentimientos se hacen grandes, la calma nos ayuda. Probemos algo juntos».
«Inhala... y exhala. De nuevo, inhala... y exhala. Una vez más, inhala... exhala».
«¿Lo notas?», sonrió el panda. «La calma nos ayuda a escuchar nuestras emociones».
El siguiente planeta brillaba con una luz intensa y el suelo se agrietaba con un fuerte ruido.
«Este es el Planeta Furia», dijo Ying. «La furia es un sentimiento fuerte. Cuando toma el control, nuestras acciones pueden volverse más grandes de lo que queremos. Respirar despacio nos ayuda a seguir siendo dueños de lo que hacemos».
Aterrizaron donde el viaje había comenzado. «Algunas expediciones nunca terminan del todo», dijo el panda. «Estos sentimientos volverán, pero ahora los reconocerás y escucharás lo que intentan decirte».
Ying se despidió con un abrazo, y Mía volvió caminando a casa. Algo dentro de ella era diferente: ahora sabía escuchar sus sentimientos, y eso la hacía más sabia y fuerte.
Era un día cualquiera. La calle se veía igual que siempre. Mía volvía a casa caminando, pensando en... nada en particular.
Entonces el viento cambió de repente, y un trozo de papel que volaba con el aire aterrizó en su pierna. Decía: SE BUSCAN EXPLORADORES. Para viajar más allá de la Tierra. No se necesita experiencia. Curiosidad imprescindible.
El mapa del papel lo llevó hasta una puerta diferente de todas las demás. Llamó dos veces, y la puerta se abrió.
Al otro lado había un panda explorador, de pelaje suave y ojos brillantes, con una mochila llena de herramientas y snacks de bambú.
«Hola», dijo con una sonrisa. «Soy Ying, el explorador. Hoy viajaremos a planetas inexplorados. Cada uno lleva el nombre de un sentimiento. Todos los sentimientos importan, y hoy descubriremos por qué».
«Tú serás el piloto», le dijo a Mía. La nave se encendió, las luces parpadearon y las estrellas se estiraron en el cielo.
El primer planeta estaba cubierto de niebla. Los sonidos hacían eco y las sombras se movían.
«Este es el Planeta Miedo», explicó Ying. «El miedo aparece cuando algo es nuevo. No es una señal para rendirse, sino una señal que nos dice: presta atención y avanza con cuidado».
Después llegaron a un planeta donde el tiempo avanzaba lentamente. «Este es el Planeta Calma», dijo Ying. «Cuando los sentimientos se hacen grandes, la calma nos ayuda. Probemos algo juntos».
«Inhala... y exhala. De nuevo, inhala... y exhala. Una vez más, inhala... exhala».
«¿Lo notas?», sonrió el panda. «La calma nos ayuda a escuchar nuestras emociones».
El siguiente planeta brillaba con una luz intensa y el suelo se agrietaba con un fuerte ruido.
«Este es el Planeta Furia», dijo Ying. «La furia es un sentimiento fuerte. Cuando toma el control, nuestras acciones pueden volverse más grandes de lo que queremos. Respirar despacio nos ayuda a seguir siendo dueños de lo que hacemos».
Aterrizaron donde el viaje había comenzado. «Algunas expediciones nunca terminan del todo», dijo el panda. «Estos sentimientos volverán, pero ahora los reconocerás y escucharás lo que intentan decirte».
Ying se despidió con un abrazo, y Mía volvió caminando a casa. Algo dentro de él era diferente: ahora sabía escuchar sus sentimientos, y eso lo hacía más sabio y fuerte.